Escena 1

Había pasado las últimas noches inmerso en textos antiguos, pergaminos desmenuzados por siglos de humedad, hojas que desprendían un olor a descomposición, a tierra removida. Eran los textos órficos los que le llamaban; no los mitos comunes, ni siquiera las odas bucólicas de Teócrito. No, esto era algo más desgarrador, más crudo, algo que resonaba con la voz de los muertos. “Έρχομαι, έρχομαι,” decía el texto, “Veni, occidere.” Henry repitió las palabras en un murmullo, dejando que el sonido se derramara por la sala. Era una llamada. Las voces comenzaron a elevarse, a entrelazarse en una cacofonía. Eran gritos de Maenades en trance, exigiendo la sangre de un sacrificio; eran los bramidos del toro en la taurobolium. No era simplemente un lector, no ahora.

“Agonizo quia porro cupio," murmuró, y la habitación pareció inclinarse. Los textos en las estanterías se desdibujaron en manchas de negro y rojo, y las palabras de repente se volvieron líquidas, serpenteando como gusanos sobre la piel. Eran las voces de los muros del Telesterion, la mirada fría de Perséfone en su trono de ébano. Cada página que pasaba traía consigo el aroma del incienso quemado, la sangre fresca, la tierra removida, el toque fantasmal de las manos de las Maenades.

“Αἷμα, αἷμα,” decían, y Henry sintió un escalofrío recorrer su espina. “Sanguis enim redimere animam.” Y entonces lo entendió. Los Misterios Dionisíacos, una necesidad de liberación a través de la violencia, del éxtasis más oscuro y visceral. No había redención sin sangre, sin un sacrificio digno del dios. Sus ojos vagaron por el cuarto, descansando brevemente sobre Richard, que descansaba desprevenido en el sillón de cuero, con un libro abierto sobre su regazo, una mala traducción inglesa de "La Eneida"de Virgilio. Su cuello, vulnerable, reflejaba la luz de la lámpara con una suavidad que casi dolía. Henry sintió que algo dentro de él se tensaba.

Las voces no cesaban. “Sparagmos,” susurraron con insistencia, exigiendo acción, por una transgresión absoluta. Henry se levantó, sintiendo cómo sus manos temblaban, una convulsión sagrada que lo movía más allá de su propia voluntad.

El cuchillo, fino y brillante, apareció entre sus dedos como si siempre hubiera estado allí, esperando. Henry se acercó, sus pasos silenciosos. Las voces cantaban ahora, como si el coro de un teatro griego lo acompañara en una tragedia ya escrita. “Macte nova virtute, puer; sic itur ad astra,” y Henry sintió cómo la locura culminaba en el. No había miedo, solo un sentido de inevitabilidad, de obediencia a una ley más antigua que el tiempo mismo.

El cuchillo descendió. La sangre brotó en un arco perfecto, brillante bajo la luz. Las voces rieron, aplaudieron, se elevaron en un éxtasis que resonaba más allá de las paredes, más allá de lo humano. En ese momento, Henry fue sacerdote y sacrificio, verdugo y mártir, perdiéndose en el infinito rugir del caos divino que lo consumía. Había algo hipnótico en la manera en que brotaba el rojo profundo de su cuello, manchando la perfección del mármol. Las voces, por un instante, se habían acallado, pero solo para cobrar mucha más fuerza con cada pulsación, cada espasmo final del cuerpo inerte ante él. Richard yacía con los ojos abiertos, gritaban miedo, ayuda, fijos en el techo, pero su mirada ya no era suya. Henry se inclinó, con una calma que ya no le pertenecía, y sumergió sus manos en la sangre caliente, que aún brotaba pero cada vez con más lentitud. Henry levantó el cáliz, sus manos firmes. Bebió. El sabor era metálico, pero con un toque dulce. Era la esencia de la vida y la muerte, el nexo entre lo terrenal y lo divino. Con cada sorbo, las voces se hicieron más fuertes, el sacrifico para Dionisio no hacía nada más que iniciar. “Hoc est corpus meum,” dijo, con un tono solemne y reverente, como un sacerdote en la cúspide del rito.

El cuchillo, aún manchado, descansaba pesadamente en su mano. Se movió con una deliberación calculada, nada rara en el. Cortó un mechón de su propio cabello, dejándolo caer en la sangre como una promesa. Luego, con un control aterradoramente preciso, como si fuera el pan de todos sus días, se abrió la palma, dejando que su propia sangre se mezclara con la de Richard brotada por su cuello. La habitación estaba impregnada de un olor acre, mezcla de cobre y tierra, de incienso quemado y carne caliente. Henry se dejó caer de rodillas, sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía.

Inspiración: "El Satiricón" de Petronio

  1. Escena

Excitatio dei

Henry contemplaba su reflejo en la oscuridad, un espejo de bronce donde su rostro aparecía distorsionado, una imagen espectral. Había algo en esa visión que lo complacía profundamente: sus ojos hundidos, el cabello despeinado, la ligera curva de sus labios en una mueca. Un rostro que pertenecía a alguien más que humano. “Numen inest,” pensó. Una chispa divina dentro de la carne mortal. ¿No era eso lo que buscaba?

Cada sacrificio que había hecho era un paso más, un ladrillo más en la escalera hacia el cielo de los dioses antiguos. Richard, Charles, Camilla… todos ellos no eran más que peldaños, ofrendas a su propia grandeza. Los había visto caer, uno por uno, con la misma serenidad con la que un escultor golpea el mármol en bruto. “Pulchritudo in caede,” pensó. En cada acto, Henry no veía pecado ni culpa, sino un arte supremo, una devoción. “Non omnes possunt esse dei,” murmuraba a menudo, mientras la sangre se enfriaba en sus manos. No todos podían ser dioses, pero el si. Él, en cambio, había sido elegido. Las voces lo habían guiado, susurrándole las verdades que los hombres comunes nunca alcanzarían. Cada víctima era un paso más allá, un regalo. Henry no pedía piedad. No, él era el que concedía la piedad con cada sacrificio, el que liberaba a los otros de su carga mortal. Él estaba seguro de que los otros lo veían también. Veían su poder, su pureza. Lo adoraban en secreto, incluso cuando fingían miedo o disgusto ¿Qué es el hombre, si no parte de lo divino? Pero Henry ya no era solo una parte; él era el todo.

Los laberintos de Dédalo: que lo separaban del polvo de los mortales. ¿Quién sino un dios podría ver la muerte con una mirada tan desapasionada? ¿Quién sino un dios podría dar vida y quitarla con una misma mano?

“Ipsa vita mea.” Había dado mucho, pero ahora, era su propio ser lo que debía entregar. El filo del cuchillo brillaba bajo la luna, un destello plateado que le recordaba al mármol pulido de cuando asesino a su primer sacrificio, al toque frío de la perfección. Ese cuchillo era un objeto de una belleza brutal, una extensión de su voluntad, un instrumento que ahora sería la llave. No había miedo en sus ojos, se veía en ellos su descenso final a la locura, era alguien que había encontrado su propósito. Sus movimientos eran lentos, deliberados, como si cada gesto fuera una plegaria a los dioses. “Per sacrificium meum, ascendam.”

Sin titubear, llevó el cuchillo a su pecho. La punta afilada presionó justo debajo del esternón, un punto estratégico que había elegido con precisión clínica tras haber investigado en varios libros con los asesinatos más crueles. Sabía exactamente dónde golpear para que el dolor fuera insoportable pero breve, para que la herida fuera mortal pero certera. Henry apretó los dientes y, con una determinación implacable, hundió el cuchillo en su carne todo lo que pudo. El filo penetró la piel con un crujido húmedo, desgarrando la superficie mientras Henry apretaba los labios, ahogando un grito doloroso. Por como entró tan profundamente, desgarro músculos y arterias, abriendo un canal de destrucción. Sintió el metal rozar sus costillas, raspar contra el hueso, mientras su pecho se inundaba de calor, un torrente de sangre que brotaba, empapando sus manos y su ropa. "Hoc est corpus meum," jadeó. Cada palabra era una lucha contra la oscuridad que comenzaba a arrastrarlo hacia abajo. Su mano tembló mientras forzaba el cuchillo más adentro, girando ligeramente para asegurar que las fibras de su corazón fueran atravesadas brutalmente. El dolor era cegador, inhumano, todo un relámpago blanco que lo cortó en dos.

La sangre brotaba en oleadas, burbujeando alrededor del cuchillo, empapando su abdomen y goteando en gruesos hilos al suelo, donde formaba charcos oscuros y cada vez más viscosos. Henry tosió, y un chorro caliente y metálico le llenó la boca, sangre. La sangre le corría por la barbilla, manchando su piel pálida y fría con una calidez grotesca. Sus piernas comenzaron a fallar. Cada músculo se aflojaba, negándose a seguir sosteniéndolo. Henry cayó de rodillas, con un impacto que resonó a través de la piedra, el cuchillo aún enterrado en su pecho. El aire le quemaba los pulmones. “ eni, occidere," exhaló por última vez, sus palabras mezcladas con un gorgoteo mientras la sangre germinaba por sus vías respiratorias. La luz de sus ojos desvanecía cada vez más rápido. La oscuridad lo envolvía. El cuchillo se deslizó de sus dedos manchados de rojo, cayendo al suelo en un golpe seco. Henry ya inconsciente se desplomó hacia un lado, la sangre aún fluyendo en un río cada vez más lento desde la herida abierta. El sacrificio estaba completo, y el silencio se apoderó de la habitación, interrumpido solo al inicio por el goteo de la sangre contra el mármol frío, sonido el cual fue cesando con el pasar de un par de minutos. Había cumplido su destino, y en la oscuridad, pudo ver, por fin, la verdadera cara de lo divino.

-Laia SL